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En mesones de pueblo, en restaurantes exclusivos, en tabernas o en cafeterías. Los camareros son parte indispensable de la experiencia gastronómica. Un trabajo duro no siempre bien valorado. En estos momentos son testigos de la crisis que atraviesa el sector tras las reiteradas quejas de empresarios y restauradores por la escasez de personal. El descontento tiene su origen en las jornadas interminables, las horas extra que no se pagan, los salarios injustos, la precariedad y el cansancio que llevan tiempo arrastrando. Pero todavía existe una vocación indiscutible hacia la profesión. Cuatro camareros comparten sus historias, sus protestas y su pasión por el oficio. HERNÁN FARÍAS. Felipe: un alter ego con vocación de camarero. Hay historias que parecen fruto del destino. Como la que llevó a Hernán Farías, diseñador gráfico hasta hace seis años, a enamorarse de la profesión de camarero. En 2016, tras ser despedido, este jovial argentino viajó a Barcelona en busca de suerte. “Todo fue muy angelado”, revela. Soñó que le perseguía un elefante, animal que tenía tatuado un chico al que conoció y que le puso en contacto con un restaurante donde buscaban personal. Dejó allí su currículum sin la más mínima creencia de que lo cogerían. Pero el día en que tenía el billete de vuelta a Argentina, lo llamaron para comunicarle que lo habían contratado. “Era una señal”, sonríe. Mudarse de profesión supuso hacer un cambio de vida radical. “Andaba perdido y miraba vídeos para aprender a llevar una bandeja. ¡Imagínate!”, explica. Sin embargo, “tuve la fortuna de caer en un lugar con duende como Casa Dorita”. Es el único restaurante por el que ha pasado y pasará. “Parecerá una tontería, pero sería una traición marcharse a otro lugar”, admite. La mentalidad de trabajo ha cambiado: los jóvenes se han vuelto más exigentes». Herán Farías. Camarero en Casa Dorita  El trabajo de camarero tiene similitudes con ser actor para él. “Debes poner toda tu alma y entregarte para que los demás disfruten”, expresa. En su caso, se mete tanto en el papel que tiene hasta nombre artístico. “Los clientes entendían que me llamaba Ferran o Germán, en vez de Hernán —carcajea—, así que acá en el restaurante soy Felipe”. Entiende el malestar del sector. “La escasez de personal va a durar bastante porque los jóvenes no llevan bien tanto sacrificio: horarios, precariedad, bajos salarios…”, discurre. Asimismo, apunta que la mentalidad de trabajo ha cambiado: “Antes conseguías un empleo y aguantabas mucho con tal de ir aprendiendo, pero las nuevas generaciones lo quieren todo al momento y de acuerdo con lo que exigen”. Admite haberse vuelto más paciente desde que comenzó con la bandeja. “La gente a veces cree que eres su sirviente, no entienden los tiempos y la ritualidad que hay en el acto de comer”, indica. Antes de trabajar de camarero, Hernán Farías se dedicaba al diseño gráfico  Ana Jiménez Casa Dorita es su casa y él siempre ha sido un buen anfitrión. “En estos seis años, he visto parejas tener su primera cita y ahora están casados, niños crecer o abuelos que ya no están y los echas en falta”, se emociona. “Esto es parte de mi vida, de quien soy, y son los clientes quienes me mantienen atado a este lugar”. GEORGINA PAHISSA. La joven que cambiará la bandeja por la cámara Cuando era pequeña encontraba cualquier excusa para agarrar una cámara y fotografiar o grabar lo que veía. De adolescente, a Georgina Pahissa también le dio por dibujar. Pero cuando su pasión artística se fue desinflando, aparcó los estudios y debutó en la hostelería. “Me gusta ser camarera, pero es un trabajo muy duro y cansado”, arranca. Empezó un verano en un McDonald’s y poco después se mudó a Inglaterra, donde trabajó en un restaurante. Siempre le ha dado rabia ir al revés del mundo. “Si te apetece ir a un concierto, un museo o comer en familia, es imposible”, lamenta. “Pero lo peor que te puede pasar es acostumbrarte, porque entonces te quedas estancada”, confiesa. Georgina Pahissa, la joven estudiante de Comunicación Audiovisual que combina la universidad con el trabajo de camarera  Mane Espinosa Una noche que volvía de fiesta, todavía en Inglaterra, una amiga le soltó un profundo discurso de esos de postborrachera. “Predicó que debía estudiar y tener ambición, que no podía quedarme así toda la vida”, cuenta Pahissa. Esa charla retumbó en su cabeza toda la madrugada y al día siguiente llamó a su familia: “Vuelvo a casa, quiero estudiar”. Así pues, con 21 años empezó un grado en audiovisuales y fue consciente de que su relación con la hostelería era algo pasajero. El primer año de universidad trabajó en una cafetería en la que hacía “demasiadas horas”. Más adelante comenzó en un restaurante del Prat de Llobregat, donde vive, en el que lleva tres años. “Es el mejor sitio donde he estado, sobre todo por el equipo”, dice con ternura. Quien quiere dedicarse a este oficio, tiene el objetivo de abrir su propio negocio» Georgina. Camarera y estudiante de audiovisuales. “Los restauradores deben valorar cuando tienen una buena plantilla. Un buen servicio marca la diferencia”, afirma la joven. Precisamente, cree que muchos camareros han optado por otros oficios porque se han visto descuidados. “Durante mucho tiempo nos hemos sentido prescindibles. Si no aceptabas las condiciones abusivas que te imponían, te amenazaban con que tenían 50 haciendo cola”. Como ella, cantidad de jóvenes que se dedican a esto lo hacen de forma temporal, para ganar algo de dinero mientras estudian o buscan trabajo. “Quien verdaderamente quiere dedicarse a la restauración tiene el objetivo de abrir su propio negocio a largo plazo. Si no, no hay opción de mejorar el sueldo o las expectativas de futuro”, concluye.  OSCAR ALESSANDRIA. Un profesional de la sala con sueños viajeros. Hace 18 años que Oscar Alessandria se marchó de Argentina con la intención de convertirse en trotamundos. En un principio, su estancia en Barcelona debía ser temporal. Trabajaba tres o cuatro meses para recabar algo de dinero y despegaba hacia otro lugar. En cuanto se terminaban los ahorros, vuelta a empezar. Cuando llegó el momento de regresar a casa, el escenario político en su país le hizo tomar la difícil decisión de permanecer en la ciudad. De joven, trató de esquivar siempre los estudios. Empezó tres carreras antes de Administración de Hoteles y Establecimientos Gastronómicos, donde halló su pasión. “Siempre me gustó la comida, pero nunca cocinar, así que me decanté por trabajar en la sala”, expone. La relación con los clientes es aquello que más le complace. La pandemia provocó que muchas personas buscaran trabajos menos sacrificados». Oscar Alessandria. Camarero en el restaurante Sagués Su primer trabajo duró cuatro horas. El jefe del restaurante lo despidió por falta de experiencia. “Tiene razón. Dígame, ¿qué no he hecho y debo hacer para ser un buen camarero?”, preguntó al marcharse. Aplicó los consejos en su siguiente trabajo, uno con “jornadas malvadas”, de hasta 13 horas al día, con un contrato de 40 semanales. Las horas extra, “obviamente”, no se pagaban. Se formó para trabajar en restaurantes de cuatro o cinco tenedores, pero ese ambiente nunca le convenció. “Me encanta hablar y en esos lugares hay que ser callado y pasar desapercibido”, se ríe. Así que se decantó por un ambiente más familiar como el del Sagués, donde empezó hace quince años. “Aquí me sentí como en casa y me di cuenta de lo mal que me habían tratado”. La hostelería ha notado este verano una importante falta de personal. “Los sueldos en hostelería no están acordes con el trabajo, pero, encima, en muchos sitios no remuneran las horas extras, ni los festivos, ni te dan los días libres que te corresponden”, condena. De ahí que el sector se encuentre en crisis, opina, porque, tras la pandemia, “la gente valoró más su disfrute personal y buscó trabajos menos sacrificados”. No solo escasean los camareros, “también falta personal en las cocinas”. Existe el lema de que quien trabaja en hostelería sabe cuándo entra, pero no cuándo sale. “Lamentablemente —dice él—, eso se normalizó. No luchabas por lo que te correspondía y aceptabas que debía ser así. Eso ha cambiado: los camareros se han vuelto un poco más exigentes”. ANA LISO. “Soy camarera: vivo de ver disfrutar a los comensales” Ana Liso tenía apenas 20 años cuando le ofrecieron trabajo en un restaurante. “¡Cómo voy a hacer de camarera si no tengo ni idea!”, pensó. Y desde entonces siempre ha estado atada al mundo de la restauración. Nacida en Egea de los Caballeros (Zaragoza), dejó de estudiar de joven y empezó a trabajar en un mesón de su pueblo. “No ha llovido desde entonces. Las condiciones allí eran muy duras: nunca sabías cuándo terminarías de trabajar, los horarios cambiaban cada semana y raramente hacías fiesta”, recuerda. Hará unos cinco años que se mudó junto a su pareja a Barcelona. Tras tantos años en el mismo restaurante, se sentía quemada y creyó que le vendría bien un ambiente distinto. Al principio, sus trabajos en la ciudad no fueron demasiado bien. “Estuve en una taberna gallega en la que abundaban los gritos y me explotaban a horas”, explica. Un mes después desistió, pero no le pagaron el sueldo aduciendo que estaba en “periodo de prueba”. Existe un modelo de restauración obsoleto que debe evolucionar. Ana Liso. Camarera. Tampoco le dio demasiadas vueltas porque rápidamente empezó a trabajar en una cadena de comida asiática en la que sigue hoy en día. “Es muy distinto a los lugares donde he trabajado: hay más organización, se respetan las horas, hay puntualidad en los pagos y hasta algún fin de semana libre”, indica. Y, ahora, ha vuelto a amar una profesión que reivindica: “Soy camarera: vivo de ver disfrutar a los comensales”. “Los restauradores también lo tienen muy complicado y creo que, hasta ahora, los camareros hemos estado allí para ellos. Pero no pueden pretender que sigamos renunciando a nuestros derechos”, expresa. “Hay mucha gente anclada a un modelo de restauración obsoleto que debe evolucionar”, añade. Camareros y empresarios deben dialogar para mejorar las condiciones». Ana Liso. Camarera. Enfatiza que la solución a este problema coyuntural recae en el diálogo con los restauradores para pactar mejores condiciones: “un horario estable, un fin de semana libre para descansar, acabar con las jornadas maratonianas y, sobre todo, erradicar el turno partido”, propone.

En mesones de pueblo, en restaurantes exclusivos, en tabernas o en cafeterías. Los camareros son parte indispensable de la experiencia gastronómica. Un trabajo duro no siempre bien valorado. En estos momentos son testigos de la crisis que atraviesa el sector tras las reiteradas quejas de empresarios y restauradores por la escasez de personal. El descontento tiene su origen en las jornadas interminables, las horas extra que no se pagan, los salarios injustos, la precariedad y el cansancio que llevan tiempo arrastrando. Pero todavía existe una vocación indiscutible hacia la profesión. Cuatro camareros comparten sus historias, sus protestas y su pasión por el oficio. HERNÁN FARÍAS. Felipe: un alter ego con vocación de camarero. Hay historias que parecen fruto del destino. Como la que llevó a Hernán Farías, diseñador gráfico hasta hace seis años, a enamorarse de la profesión de camarero. En 2016, tras ser despedido, este jovial argentino viajó a Barcelona en busca de suerte. “Todo fue muy angelado”, revela. Soñó que le perseguía un elefante, animal que tenía tatuado un chico al que conoció y que le puso en contacto con un restaurante donde buscaban personal. Dejó allí su currículum sin la más mínima creencia de que lo cogerían. Pero el día en que tenía el billete de vuelta a Argentina, lo llamaron para comunicarle que lo habían contratado. “Era una señal”, sonríe. Mudarse de profesión supuso hacer un cambio de vida radical. “Andaba perdido y miraba vídeos para aprender a llevar una bandeja. ¡Imagínate!”, explica. Sin embargo, “tuve la fortuna de caer en un lugar con duende como Casa Dorita”. Es el único restaurante por el que ha pasado y pasará. “Parecerá una tontería, pero sería una traición marcharse a otro lugar”, admite. La mentalidad de trabajo ha cambiado: los jóvenes se han vuelto más exigentes". Herán Farías. Camarero en Casa Dorita  El trabajo de camarero tiene similitudes con ser actor para él. “Debes poner toda tu alma y entregarte para que los demás disfruten”, expresa. En su caso, se mete tanto en el papel que tiene hasta nombre artístico. “Los clientes entendían que me llamaba Ferran o Germán, en vez de Hernán —carcajea—, así que acá en el restaurante soy Felipe”. Entiende el malestar del sector. “La escasez de personal va a durar bastante porque los jóvenes no llevan bien tanto sacrificio: horarios, precariedad, bajos salarios…”, discurre. Asimismo, apunta que la mentalidad de trabajo ha cambiado: “Antes conseguías un empleo y aguantabas mucho con tal de ir aprendiendo, pero las nuevas generaciones lo quieren todo al momento y de acuerdo con lo que exigen”. Admite haberse vuelto más paciente desde que comenzó con la bandeja. “La gente a veces cree que eres su sirviente, no entienden los tiempos y la ritualidad que hay en el acto de comer”, indica. Antes de trabajar de camarero, Hernán Farías se dedicaba al diseño gráfico  Ana Jiménez Casa Dorita es su casa y él siempre ha sido un buen anfitrión. “En estos seis años, he visto parejas tener su primera cita y ahora están casados, niños crecer o abuelos que ya no están y los echas en falta”, se emociona. “Esto es parte de mi vida, de quien soy, y son los clientes quienes me mantienen atado a este lugar”. GEORGINA PAHISSA. La joven que cambiará la bandeja por la cámara Cuando era pequeña encontraba cualquier excusa para agarrar una cámara y fotografiar o grabar lo que veía. De adolescente, a Georgina Pahissa también le dio por dibujar. Pero cuando su pasión artística se fue desinflando, aparcó los estudios y debutó en la hostelería. “Me gusta ser camarera, pero es un trabajo muy duro y cansado”, arranca. Empezó un verano en un McDonald’s y poco después se mudó a Inglaterra, donde trabajó en un restaurante. Siempre le ha dado rabia ir al revés del mundo. “Si te apetece ir a un concierto, un museo o comer en familia, es imposible”, lamenta. “Pero lo peor que te puede pasar es acostumbrarte, porque entonces te quedas estancada”, confiesa. Georgina Pahissa, la joven estudiante de Comunicación Audiovisual que combina la universidad con el trabajo de camarera  Mane Espinosa Una noche que volvía de fiesta, todavía en Inglaterra, una amiga le soltó un profundo discurso de esos de postborrachera. “Predicó que debía estudiar y tener ambición, que no podía quedarme así toda la vida”, cuenta Pahissa. Esa charla retumbó en su cabeza toda la madrugada y al día siguiente llamó a su familia: “Vuelvo a casa, quiero estudiar”. Así pues, con 21 años empezó un grado en audiovisuales y fue consciente de que su relación con la hostelería era algo pasajero. El primer año de universidad trabajó en una cafetería en la que hacía “demasiadas horas”. Más adelante comenzó en un restaurante del Prat de Llobregat, donde vive, en el que lleva tres años. “Es el mejor sitio donde he estado, sobre todo por el equipo”, dice con ternura. Quien quiere dedicarse a este oficio, tiene el objetivo de abrir su propio negocio" Georgina. Camarera y estudiante de audiovisuales. “Los restauradores deben valorar cuando tienen una buena plantilla. Un buen servicio marca la diferencia”, afirma la joven. Precisamente, cree que muchos camareros han optado por otros oficios porque se han visto descuidados. “Durante mucho tiempo nos hemos sentido prescindibles. Si no aceptabas las condiciones abusivas que te imponían, te amenazaban con que tenían 50 haciendo cola”. Como ella, cantidad de jóvenes que se dedican a esto lo hacen de forma temporal, para ganar algo de dinero mientras estudian o buscan trabajo. “Quien verdaderamente quiere dedicarse a la restauración tiene el objetivo de abrir su propio negocio a largo plazo. Si no, no hay opción de mejorar el sueldo o las expectativas de futuro”, concluye.  OSCAR ALESSANDRIA. Un profesional de la sala con sueños viajeros. Hace 18 años que Oscar Alessandria se marchó de Argentina con la intención de convertirse en trotamundos. En un principio, su estancia en Barcelona debía ser temporal. Trabajaba tres o cuatro meses para recabar algo de dinero y despegaba hacia otro lugar. En cuanto se terminaban los ahorros, vuelta a empezar. Cuando llegó el momento de regresar a casa, el escenario político en su país le hizo tomar la difícil decisión de permanecer en la ciudad. De joven, trató de esquivar siempre los estudios. Empezó tres carreras antes de Administración de Hoteles y Establecimientos Gastronómicos, donde halló su pasión. “Siempre me gustó la comida, pero nunca cocinar, así que me decanté por trabajar en la sala”, expone. La relación con los clientes es aquello que más le complace. La pandemia provocó que muchas personas buscaran trabajos menos sacrificados". Oscar Alessandria. Camarero en el restaurante Sagués Su primer trabajo duró cuatro horas. El jefe del restaurante lo despidió por falta de experiencia. “Tiene razón. Dígame, ¿qué no he hecho y debo hacer para ser un buen camarero?”, preguntó al marcharse. Aplicó los consejos en su siguiente trabajo, uno con “jornadas malvadas”, de hasta 13 horas al día, con un contrato de 40 semanales. Las horas extra, “obviamente”, no se pagaban. Se formó para trabajar en restaurantes de cuatro o cinco tenedores, pero ese ambiente nunca le convenció. “Me encanta hablar y en esos lugares hay que ser callado y pasar desapercibido”, se ríe. Así que se decantó por un ambiente más familiar como el del Sagués, donde empezó hace quince años. “Aquí me sentí como en casa y me di cuenta de lo mal que me habían tratado”. La hostelería ha notado este verano una importante falta de personal. “Los sueldos en hostelería no están acordes con el trabajo, pero, encima, en muchos sitios no remuneran las horas extras, ni los festivos, ni te dan los días libres que te corresponden”, condena. De ahí que el sector se encuentre en crisis, opina, porque, tras la pandemia, “la gente valoró más su disfrute personal y buscó trabajos menos sacrificados”. No solo escasean los camareros, “también falta personal en las cocinas”. Existe el lema de que quien trabaja en hostelería sabe cuándo entra, pero no cuándo sale. “Lamentablemente —dice él—, eso se normalizó. No luchabas por lo que te correspondía y aceptabas que debía ser así. Eso ha cambiado: los camareros se han vuelto un poco más exigentes”. ANA LISO. “Soy camarera: vivo de ver disfrutar a los comensales” Ana Liso tenía apenas 20 años cuando le ofrecieron trabajo en un restaurante. “¡Cómo voy a hacer de camarera si no tengo ni idea!”, pensó. Y desde entonces siempre ha estado atada al mundo de la restauración. Nacida en Egea de los Caballeros (Zaragoza), dejó de estudiar de joven y empezó a trabajar en un mesón de su pueblo. “No ha llovido desde entonces. Las condiciones allí eran muy duras: nunca sabías cuándo terminarías de trabajar, los horarios cambiaban cada semana y raramente hacías fiesta”, recuerda. Hará unos cinco años que se mudó junto a su pareja a Barcelona. Tras tantos años en el mismo restaurante, se sentía quemada y creyó que le vendría bien un ambiente distinto. Al principio, sus trabajos en la ciudad no fueron demasiado bien. “Estuve en una taberna gallega en la que abundaban los gritos y me explotaban a horas”, explica. Un mes después desistió, pero no le pagaron el sueldo aduciendo que estaba en “periodo de prueba”. Existe un modelo de restauración obsoleto que debe evolucionar. Ana Liso. Camarera. Tampoco le dio demasiadas vueltas porque rápidamente empezó a trabajar en una cadena de comida asiática en la que sigue hoy en día. “Es muy distinto a los lugares donde he trabajado: hay más organización, se respetan las horas, hay puntualidad en los pagos y hasta algún fin de semana libre”, indica. Y, ahora, ha vuelto a amar una profesión que reivindica: “Soy camarera: vivo de ver disfrutar a los comensales”. “Los restauradores también lo tienen muy complicado y creo que, hasta ahora, los camareros hemos estado allí para ellos. Pero no pueden pretender que sigamos renunciando a nuestros derechos”, expresa. “Hay mucha gente anclada a un modelo de restauración obsoleto que debe evolucionar”, añade. Camareros y empresarios deben dialogar para mejorar las condiciones". Ana Liso. Camarera. Enfatiza que la solución a este problema coyuntural recae en el diálogo con los restauradores para pactar mejores condiciones: “un horario estable, un fin de semana libre para descansar, acabar con las jornadas maratonianas y, sobre todo, erradicar el turno partido”, propone.

En mesones de pueblo, en restaurantes exclusivos, en tabernas o en cafeterías. Los camareros son parte indispensable de la experiencia gastronómica. Un trabajo duro no siempre bien valorado. En estos momentos son testigos de la crisis que atraviesa el sector tras las reiteradas quejas de empresarios y restauradores por la escasez de personal. El descontento tiene su origen en las jornadas interminables, las horas extra que no se pagan, los salarios injustos, la precariedad y el cansancio que llevan tiempo arrastrando. Pero todavía existe una vocación indiscutible hacia la profesión. Cuatro camareros comparten sus historias, sus protestas y su pasión por el oficio.

HERNÁN FARÍAS. Felipe: un alter ego con vocación de camarero. Hay historias que parecen fruto del destino. Como la que llevó a Hernán Farías, diseñador gráfico hasta hace seis años, a enamorarse de la profesión de camarero. En 2016, tras ser despedido, este jovial argentino viajó a Barcelona en busca de suerte. “Todo fue muy angelado”, revela. Soñó que le perseguía un elefante, animal que tenía tatuado un chico al que conoció y que le puso en contacto con un restaurante donde buscaban personal. Dejó allí su currículum sin la más mínima creencia de que lo cogerían. Pero el día en que tenía el billete de vuelta a Argentina, lo llamaron para comunicarle que lo habían contratado. “Era una señal”, sonríe.

Mudarse de profesión supuso hacer un cambio de vida radical. “Andaba perdido y miraba vídeos para aprender a llevar una bandeja. ¡Imagínate!”, explica. Sin embargo, “tuve la fortuna de caer en un lugar con duende como Casa Dorita”. Es el único restaurante por el que ha pasado y pasará. “Parecerá una tontería, pero sería una traición marcharse a otro lugar”, admite.

La mentalidad de trabajo ha cambiado: los jóvenes se han vuelto más exigentes». Herán Farías. Camarero en Casa Dorita 
El trabajo de camarero tiene similitudes con ser actor para él. “Debes poner toda tu alma y entregarte para que los demás disfruten”, expresa. En su caso, se mete tanto en el papel que tiene hasta nombre artístico. “Los clientes entendían que me llamaba Ferran o Germán, en vez de Hernán —carcajea—, así que acá en el restaurante soy Felipe”.

Entiende el malestar del sector. “La escasez de personal va a durar bastante porque los jóvenes no llevan bien tanto sacrificio: horarios, precariedad, bajos salarios…”, discurre. Asimismo, apunta que la mentalidad de trabajo ha cambiado: “Antes conseguías un empleo y aguantabas mucho con tal de ir aprendiendo, pero las nuevas generaciones lo quieren todo al momento y de acuerdo con lo que exigen”. Admite haberse vuelto más paciente desde que comenzó con la bandeja. “La gente a veces cree que eres su sirviente, no entienden los tiempos y la ritualidad que hay en el acto de comer”, indica.

Antes de trabajar de camarero, Hernán Farías se dedicaba al diseño gráfico  Ana Jiménez
Casa Dorita es su casa y él siempre ha sido un buen anfitrión. “En estos seis años, he visto parejas tener su primera cita y ahora están casados, niños crecer o abuelos que ya no están y los echas en falta”, se emociona. “Esto es parte de mi vida, de quien soy, y son los clientes quienes me mantienen atado a este lugar”.

GEORGINA PAHISSA. La joven que cambiará la bandeja por la cámara
Cuando era pequeña encontraba cualquier excusa para agarrar una cámara y fotografiar o grabar lo que veía. De adolescente, a Georgina Pahissa también le dio por dibujar. Pero cuando su pasión artística se fue desinflando, aparcó los estudios y debutó en la hostelería. “Me gusta ser camarera, pero es un trabajo muy duro y cansado”, arranca.

Empezó un verano en un McDonald’s y poco después se mudó a Inglaterra, donde trabajó en un restaurante. Siempre le ha dado rabia ir al revés del mundo. “Si te apetece ir a un concierto, un museo o comer en familia, es imposible”, lamenta. “Pero lo peor que te puede pasar es acostumbrarte, porque entonces te quedas estancada”, confiesa.

Georgina Pahissa, la joven estudiante de Comunicación Audiovisual que combina la universidad con el trabajo de camarera  Mane Espinosa
Una noche que volvía de fiesta, todavía en Inglaterra, una amiga le soltó un profundo discurso de esos de postborrachera. “Predicó que debía estudiar y tener ambición, que no podía quedarme así toda la vida”, cuenta Pahissa. Esa charla retumbó en su cabeza toda la madrugada y al día siguiente llamó a su familia: “Vuelvo a casa, quiero estudiar”.

Así pues, con 21 años empezó un grado en audiovisuales y fue consciente de que su relación con la hostelería era algo pasajero. El primer año de universidad trabajó en una cafetería en la que hacía “demasiadas horas”. Más adelante comenzó en un restaurante del Prat de Llobregat, donde vive, en el que lleva tres años. “Es el mejor sitio donde he estado, sobre todo por el equipo”, dice con ternura.

Quien quiere dedicarse a este oficio, tiene el objetivo de abrir su propio negocio» Georgina. Camarera y estudiante de audiovisuales.
“Los restauradores deben valorar cuando tienen una buena plantilla. Un buen servicio marca la diferencia”, afirma la joven. Precisamente, cree que muchos camareros han optado por otros oficios porque se han visto descuidados. “Durante mucho tiempo nos hemos sentido prescindibles. Si no aceptabas las condiciones abusivas que te imponían, te amenazaban con que tenían 50 haciendo cola”.

Como ella, cantidad de jóvenes que se dedican a esto lo hacen de forma temporal, para ganar algo de dinero mientras estudian o buscan trabajo. “Quien verdaderamente quiere dedicarse a la restauración tiene el objetivo de abrir su propio negocio a largo plazo. Si no, no hay opción de mejorar el sueldo o las expectativas de futuro”, concluye. 

OSCAR ALESSANDRIA. Un profesional de la sala con sueños viajeros.
Hace 18 años que Oscar Alessandria se marchó de Argentina con la intención de convertirse en trotamundos. En un principio, su estancia en Barcelona debía ser temporal. Trabajaba tres o cuatro meses para recabar algo de dinero y despegaba hacia otro lugar. En cuanto se terminaban los ahorros, vuelta a empezar. Cuando llegó el momento de regresar a casa, el escenario político en su país le hizo tomar la difícil decisión de permanecer en la ciudad.

De joven, trató de esquivar siempre los estudios. Empezó tres carreras antes de Administración de Hoteles y Establecimientos Gastronómicos, donde halló su pasión. “Siempre me gustó la comida, pero nunca cocinar, así que me decanté por trabajar en la sala”, expone. La relación con los clientes es aquello que más le complace.

La pandemia provocó que muchas personas buscaran trabajos menos sacrificados». Oscar Alessandria. Camarero en el restaurante Sagués
Su primer trabajo duró cuatro horas. El jefe del restaurante lo despidió por falta de experiencia. “Tiene razón. Dígame, ¿qué no he hecho y debo hacer para ser un buen camarero?”, preguntó al marcharse. Aplicó los consejos en su siguiente trabajo, uno con “jornadas malvadas”, de hasta 13 horas al día, con un contrato de 40 semanales. Las horas extra, “obviamente”, no se pagaban.

Se formó para trabajar en restaurantes de cuatro o cinco tenedores, pero ese ambiente nunca le convenció. “Me encanta hablar y en esos lugares hay que ser callado y pasar desapercibido”, se ríe. Así que se decantó por un ambiente más familiar como el del Sagués, donde empezó hace quince años. “Aquí me sentí como en casa y me di cuenta de lo mal que me habían tratado”.

La hostelería ha notado este verano una importante falta de personal.
“Los sueldos en hostelería no están acordes con el trabajo, pero, encima, en muchos sitios no remuneran las horas extras, ni los festivos, ni te dan los días libres que te corresponden”, condena. De ahí que el sector se encuentre en crisis, opina, porque, tras la pandemia, “la gente valoró más su disfrute personal y buscó trabajos menos sacrificados”. No solo escasean los camareros, “también falta personal en las cocinas”.

Existe el lema de que quien trabaja en hostelería sabe cuándo entra, pero no cuándo sale. “Lamentablemente —dice él—, eso se normalizó. No luchabas por lo que te correspondía y aceptabas que debía ser así. Eso ha cambiado: los camareros se han vuelto un poco más exigentes”.

ANA LISO. “Soy camarera: vivo de ver disfrutar a los comensales”
Ana Liso tenía apenas 20 años cuando le ofrecieron trabajo en un restaurante. “¡Cómo voy a hacer de camarera si no tengo ni idea!”, pensó. Y desde entonces siempre ha estado atada al mundo de la restauración. Nacida en Egea de los Caballeros (Zaragoza), dejó de estudiar de joven y empezó a trabajar en un mesón de su pueblo. “No ha llovido desde entonces. Las condiciones allí eran muy duras: nunca sabías cuándo terminarías de trabajar, los horarios cambiaban cada semana y raramente hacías fiesta”, recuerda.

Hará unos cinco años que se mudó junto a su pareja a Barcelona. Tras tantos años en el mismo restaurante, se sentía quemada y creyó que le vendría bien un ambiente distinto. Al principio, sus trabajos en la ciudad no fueron demasiado bien. “Estuve en una taberna gallega en la que abundaban los gritos y me explotaban a horas”, explica. Un mes después desistió, pero no le pagaron el sueldo aduciendo que estaba en “periodo de prueba”.

Existe un modelo de restauración obsoleto que debe evolucionar.
Ana Liso. Camarera.
Tampoco le dio demasiadas vueltas porque rápidamente empezó a trabajar en una cadena de comida asiática en la que sigue hoy en día. “Es muy distinto a los lugares donde he trabajado: hay más organización, se respetan las horas, hay puntualidad en los pagos y hasta algún fin de semana libre”, indica. Y, ahora, ha vuelto a amar una profesión que reivindica: “Soy camarera: vivo de ver disfrutar a los comensales”.

“Los restauradores también lo tienen muy complicado y creo que, hasta ahora, los camareros hemos estado allí para ellos. Pero no pueden pretender que sigamos renunciando a nuestros derechos”, expresa. “Hay mucha gente anclada a un modelo de restauración obsoleto que debe evolucionar”, añade.

Camareros y empresarios deben dialogar para mejorar las condiciones». Ana Liso. Camarera.
Enfatiza que la solución a este problema coyuntural recae en el diálogo con los restauradores para pactar mejores condiciones: “un horario estable, un fin de semana libre para descansar, acabar con las jornadas maratonianas y, sobre todo, erradicar el turno partido”, propone.